La metodología no se demuestra cuando hablamos a los jugadores; se demuestra en nuestros ejercicios, en el diseño de los entrenamientos. En este capítulo abordaremos cómo transformar la teoría en tareas concretas, eficientes y coherentes que nos permitan trasladar estos aprendizajes al juego real.

Cuando diseñamos un entrenamiento no podemos pensar en ejercicios inconexos. Debemos tener siempre un modelo de juego claro, buscando la mejora a largo plazo más que el resultado inmediato. Todos los ejercicios que realicemos deben estar focalizados en esa idea de juego.

Por ejemplo, antes de diseñar una tarea debemos preguntarnos cuál es el objetivo que buscamos en el juego real. Si queremos que el jugador sea capaz de atacar el uno contra uno en partido, los ejercicios que planteemos en la pista deben ayudar a desarrollar esa capacidad: un buen ejercicio de bote, un buen ejercicio de pase o un buen ejercicio de salidas. Diferentes tareas que, conectadas entre sí, conduzcan a mejorar el ataque en el uno contra uno.

Existe una corriente metodología basada en la lógica del juego, liderada por autores como Jean-Claude Deleplace, David Bunker y Rod Thorpe que conectan directamente con los principios metodológicos que anteriormente hemos comentado de la escuela granadina

Principios básicos

– Interacción motriz: el jugador aprende en relación con compañeros y rivales.
– Incertidumbre: el entorno debe exigir adaptación constante.
– Oposición real: sin oposición no hay lectura ni decisión.
– Necesidad: la acción aparece porque el juego la exige.

El objetivo no es que el ejercicio salga perfecto, sino que genere situaciones de aprendizaje transferibles al juego. No es buscar estética ni automatismo vacío.

Cada entrenamiento debe tener un objetivo claro que nos acerque a una idea de juego concreta.

No deberíamos preparar una serie de ejercicios inconexos entre ellos, lo ideas es que todos tengan un hilo conductor

En cualquier caso, no tenemos que olvidar que un mismo ejercicio puede ser útil para trabajar distintos aspectos del juego, al final todo dependerá de cómo lo diseñemos y de cuál es el objetivo en el que queramos focalizar dentro de él.

Repetir una y otra vez un ejercicio para mejorar un objetivo concreto, mantener el mismo orden, o la misma intensidad no favorece el aprendizaje. Todo proceso de mejora requiere una progresión. Las tareas deben evolucionar desde contextos sencillos hacia situaciones progresivamente más complejas.

La dificultad para el entrenador está en identificar el nivel real del equipo, del grupo y de cada jugador, para poder aumentar la complejidad sin dejar a nadie atrás. Pero esa progresión siempre debe incorporar elementos que obliguen al jugador a pensar y a decidir. Además, esta progresión debe respetar el ritmo de cada jugador y permitir el error como parte natural del proceso de aprendizaje.

Está analizado en muchos estudios que en los entrenamientos se pierde entre un 20 y un 30 % del tiempo en situaciones en las que no hay actividad.

Esto ocurre cuando las explicaciones son demasiado largas, los ejercicios requieren demasiada espera en las colas, las transiciones entre tareas no son rápidas, el material no está preparado, o, sobre todo, por falta de planificación y continuidad.

Es nuestra responsabilidad preparar cada sesión de entrenamiento para que sea eficiente: minimizando los tiempos muertos, intentando que los jugadores pasen el mayor tiempo posible con el balón, manteniendo un alto ritmo y buscando continuidad en las acciones. La exigencia del entrenamiento no tiene que ser solo física, la parte cognitiva también tiene que estar en tensión.

Los entrenadores tendemos a intervenir constantemente en los ejercicios. Solemos corregir demasiadas cosas a la vez y eso es un error. Al empezar cualquier ejercicio deberíamos permitir que cometan errores, que se equivoquen, que piensen y actúen para que ellos mismos busquen soluciones por su cuenta. Habitualmente respondemos de inmediato a sus fallos y hacerles preguntas que los lleven a reflexionar les explicamos el porqué de todo lo que lleva a que no se cuestionen las cosas y esto se vea reflejado en pista. Tenemos que ayudarles con preguntas que los lleven a investigar dónde está el error y cuál podría ser la solución.

Aquí encontramos una de las claves de los buenos entrenamientos. Corregir constantemente y parar el ejercicio de manera continua limita la autonomía del jugador y castiga el error.

Aquí hay una de las habilidades clave de un entrenador, saber leer lo que está pasando en la pista. Es mejor dejar que las situaciones se desarrollen por sí solas y tendremos que intervenir sólo cuando realmente sea necesario para guiar o reconducir las cosas hacia el enfoque que habíamos previsto para el ejercicio.

PARTE I – Capítulo 03. Diseño del entrenamiento: de la idea a la tarea