No se trata únicamente de qué enseñamos, de cómo enseñamos o de cuándo enseñamos. También debemos preocuparnos —y creo que es una de las claves— por comprender cómo aprenden los jugadores.
En este capítulo desarrollaremos los principios cognitivos y la metodología que explican por qué algunos entrenamientos generan jugadores autónomos, capaces de pensar y entender el juego, mientras que otros solo producen autómatas que actúan “porque es lo que se les ha dicho que hagan”, jugadores que actúan sin verdadera transferencia al juego.
La repetición puede ayudar a tecnificar un gesto aislado, pero el baloncesto es un deporte de toma de decisiones en entornos cambiantes. Por ello, repetir sin contexto puede mejorar puntualmente una situación, pero jamás garantizará la comprensión ni la adaptación en situaciones reales de juego.
Aprender a jugar implica percibir, decidir y ejecutar de forma integrada en la pista. Esto se traduce en un jugador que, antes de botar, ya ha visto si tiene ayuda, espacio o una línea de pase; si debe botar hacia un lado o hacia otro.
En muchos casos, nuestros ejercicios son demasiado analíticos. Obligamos a entrar a canasta, a realizar un euro step o a hacer un paseo en la mano, pero en estos ejercicios no solemos exigir una decisión previa ni una decisión final. No les pedimos que lean el juego, y eso es un gran error, especialmente en etapas formativas.
Es preferible una buena decisión mal ejecutada que una mala decisión bien ejecutada, y eso deberíamos tenerlo siempre en cuenta.
La técnica no es un fin en sí mismo. No se trata de acumular gestos de calidad sin lectura, sino de convertirlos en herramientas al servicio de la comprensión del juego. Muchos errores técnicos no se deben solo a la ejecución, sino al contexto en el que aparecen. De poco sirve la tecnificación si luego se toman malas decisiones o si los contextos de aprendizaje no están bien diseñados.
Por ello, la enseñanza de la técnica debe formar parte de una progresión didáctica integrada en situaciones reales de juego, con oposición y variabilidad.
Además, los jugadores deben entender que el error forma parte del baloncesto. En este deporte se cometen más errores que aciertos, y no se puede penalizar el error generando miedo. El entrenador tiene que crear un entorno en el que equivocarse sea aceptable, incluso analizable, para poder utilizarlo como una herramienta de mejora.
Cada error en la toma de decisiones demuestra que todavía hay margen para seguir mejorando, pero también ayuda a que el aprendizaje del jugador sea más profundo y duradero.
Retener es recordar cómo se realiza una acción; transferir es aplicarla en el juego real.
No son pocas las ocasiones en las que, tras trabajar un ejercicio analítico y tecnificado, en el que nos preocupamos de que entiendan un gesto o una acción, nos damos cuenta de que cuando jugamos un 3c3 o un 5c5 son incapaces de aplicar ese ejercicio o esa idea.
Desgraciadamente, la transferencia no se produce cuando las tareas no reproducen estímulos, decisiones y presiones similares a las del juego. Un entrenamiento puede medirse como eficaz o no si, una vez terminada la parte analítica, los jugadores son capaces de aplicar lo trabajado en la parte práctica.
Durante los partidos, las acciones del rival son imprevisibles. Ninguna situación se repite exactamente igual y existe una variabilidad en el juego que no es posible controlar. Por ello, dentro de nuestros ejercicios deberíamos intentar reproducir esa necesidad de adaptación al juego.
En muchas ocasiones, durante un ejercicio echamos fuera de la pista a quienes molestan, quitamos los balones que quedan por el medio o evitamos cualquier interferencia para que todo salga perfecto. Sin embargo, quizá sería mucho más interesante permitir que estas cosas ocurran. Que no todo esté preparado, que no todo esté organizado para que salga bien. Los ejercicios también deben contener una parte de imprevisibilidad.
Aprender a jugar no es acumular ejercicios ni repetir gestos hasta automatizarlos. Es construir una forma de entender el juego que permita al jugador adaptarse a lo que ocurre en la pista en cada momento.
Cuando el entrenamiento se basa en la toma de decisiones, en el error como parte del proceso y en contextos que obligan a pensar, el jugador deja de depender del entrenador y empieza a interpretar el juego por sí mismo.
Ese es el verdadero objetivo en formación: no crear jugadores que ejecuten lo que se les dice, sino jugadores capaces de comprender, decidir y actuar con criterio propio dentro del juego.
Controlar nuestros ejercicios de principio a fin no debería ser el objetivo. No deberíamos intentar saber exactamente qué va a ocurrir en cada momento. El jugador mejorará su aprendizaje si su participación es activa durante el ejercicio, es parte del mismo y ayuda en la resolución de los posibles problemas que aparezcan. Por el contrario, esa velocidad de aprendizaje será mucho menor si los ejercicios son siempre analíticos
Es por ello que deberíamos plantear en máximo de ejercicios en los que sea jugador el que tenga que explorar soluciones, fortaleciendo de esta manera su autonomía y su capacidad para comprender el juego.