La comunicación tiene que ser una las herramientas más influyentes en el proceso de formación. Nos ayuda a crear el clima emocional y a dar información relevante que ayude a la jugadora a desarrollarse

Hablar a las jugadoras no nos garantiza que nos entiendan. Cuando comunicamos tenemos que tratar de orientas, dar sentido a lo que vamos a exigir, tenemos que tratar de inspirar, tenemos que transmitir

Que lo consigamos o no depende no sólo lo que queremos decir de cómo y cuándo lo hacemos. Tenemos que ser consciente de que según como lo hagamos nos responderán de una manera u otra

No solo comunicamos con palabras. Todo lo que hacemos comunica: los gestos, la expresión facial, el tono de voz, el ritmo al hablar, incluso los silencios. Las jugadoras no solo escuchan lo que decimos, interpretan cómo lo decimos.

Ahí es donde muchas veces aparece la incoherencia. Podemos transmitir un mensaje correcto desde el contenido, pero perder credibilidad si la forma no acompaña. Un tono inseguro, una mirada que evita, un gesto de duda… todo eso debilita el mensaje, aunque las palabras sean las adecuadas.

Si queremos que crean en nosotros, tenemos que alinear el qué con el cómo. Que el mensaje, el tono y la actitud vayan en la misma dirección. Porque la confianza no se construye solo desde lo que se dice, sino desde cómo se sostiene ese mensaje en cada intervención.

Existen errores frecuentes que dificultan el aprendizaje:

Charlas largas y sin contenido importante, exceso de datos, uso de palabras neutras y poco concretas (se más intenso, se agresivo, duro… en lugar de da dos pasos más hacia el atacante, llega antes al close out, mira al balón), preguntar sin escuchar las respuestas, ser negativo.

Evitar este tipo de comunicación mejorará forma inmediatamente la calidad del entrenamiento.

La retroalimentación con los jugadores debe ser corta, orientada a mejorar y clara. No se trata de corregir errores sino de explicarles que tienen que hacer para mejorar. Esta ayuda debe ir dirigida y seguir un orden: valorar el intento, la ejecución, la calidad y la consistencia.

En la época en la que vivimos de inmediatez y exceso de estímulos está llevando a que la atención del jugador sea limitada y que muy fácilmente el entorno las distraiga.

El exceso de indicaciones lleva a la desconexión mental por lo que nuestras palabras deben generar la emoción necesaria para que mantengan la mente en pista. Si no somos capaces de emocionarles no generaremos recuerdos duraderos.

No siempre es necesario hablar para hacerse entender. El silencio al que añadamos un gesto, una mirada puede dar mucha información a la jugadora.

Esos segundos infinitos permiten observar, reflexionar y asumir responsabilidades.

Entenderlo y aplicarlo es una habilidad compleja y valiosa que tenemos que dominar los entrenadores.

El jugador necesita un entorno en el que pueda equivocarse sin miedo, porque solo desde ahí aparece la iniciativa real, la creatividad y un compromiso que no nace de la obligación, sino de la confianza. Cuando el error se penaliza constantemente, el jugador deja de explorar, reduce su juego y empieza a tomar decisiones pensando en no fallar, no en jugar mejor.

Ese clima no aparece por sí solo, se construye cada día. Y el entrenador es el principal responsable, no tanto por lo que dice en momentos puntuales, sino por cómo se comunica de forma constante: en una corrección, en un gesto, en una mirada después de un error. Ahí es donde el jugador entiende si puede seguir intentándolo… o si es mejor no arriesgar.

PARTE I – Capítulo 05. Comunicación del entrenador y clima de aprendizaje