Competir ha de formar parte del aprendizaje, pero no debe ser el objetivo final, sino un contexto en el que poder evaluar, ratificar y reforzar lo entrenado.
Este capítulo aborda la idea de que se tiene que entrenar para competir, no para ganar, no todo vale, manteniendo como principal objetivo el desarrollo del jugador y del equipo, evitando condicionarlo todo a la victoria del fin de semana.
Competir debería llevarnos a intentar rendir al máximo durante todas las horas que le dediquemos al baloncesto.
En etapas formativas, competir debe ayudar a gestionar emociones, a mejorar en la toma de decisiones bajo presión y a asumir responsabilidades tanto dentro como fuera de la pista
El resultado final de un partido es una consecuencia, pero no es el único indicador de éxito. Más importante debería ser la aplicación de lo trabajado durante la temporada.
No podemos pensar que la presión va a desaparecer evitando situaciones exigentes; nuestro trabajo debe consistir en enseñarles a gestionarla en pista.
En el entrenamiento deberíamos incluir muchos momentos de dificultad, ya sea técnica, cognitiva o emocional, por ejemplo, jugando a “Última posesión con marcador ajustado y sin parar el juego” para que se acostumbren a esta tensión, lo que permitirá al jugador desarrollar recursos para competir con mayor estabilidad.
Algunas herramientas para entrenar la presión; Limitar el tiempo de ejecución, sancionar errores no forzados, introducir hándicaps, fomentar el pique sano… Es básico hacer comprender que estas situaciones deben estar siempre al servicio del aprendizaje, no del castigo.
Los retos bien planteados estimulan la mejora y la implicación. Retar al jugador implica sacarlo de su zona de confort sin romper su confianza.
La mentalidad competitiva se construye cuando el jugador entiende que cada acción cuenta. No se trata solo de competir en el resultado, sino de sostener el nivel en cada repetición, en cada esfuerzo invisible.
El reto bien dirigido orienta la atención, da sentido al trabajo diario y convierte la exigencia en una oportunidad real de crecimiento.
El esfuerzo se da en momentos puntuales, pero el compromiso debe ser sostenido. Llegar sin retraso, calentar, quedarse después para estirar… son cosas que deben hacer sin necesidad de recordatorio.
Comprometerse implica muchas cosas; aceptar normas, renunciar a cosas fuera de pista, ayudar a los compañeros, entrenar con intención real, mantener la concentración en los momentos difíciles, ser fiable para el entrenador y para el equipo…
Anteriormente hemos hablado de la aceptación de roles, pero eso no impide que en formación la polivalencia favorezca la comprensión global del juego.
Permitir a los jugadores pasar por diferentes posiciones enriquece su aprendizaje. Nunca sabemos lo que puede crecer un jugador a nivel físico, mental o técnico de una temporada a otro. Hay que tener mucho cuidado porque la especialización temprana limita la lectura del juego y reduce la adaptabilidad futura.
“Se juega como se entrena” una frase hecha muy repetida, pero muy real. Si se entrena sin ritmo, sin intensidad, sin concentración… o si el entrenamiento reproduce presión, toma de decisiones y exigencia quedará reflejado en el partido y en la temporada
El jugador estará mejor preparado para competir si está entrenando de manera positiva. La coherencia entre entrenamiento y competición refuerza la confianza del equipo.
Entrenar para competir no es entrenar para ganar a cualquier precio. Tampoco es acortar rotaciones por miedo, ni esconder errores, ni jugar solo con los que responden hoy. Se trata de preparar al jugador para rendir, aprender y crecer en contextos exigentes.
En el siguiente capítulo se abordará el día del partido como espacio de gestión, aprendizaje y toma de decisiones del entrenador.